Blade runner, vista desde la "derecha spinozista"

El maestro Kubrick declaró en una entrevista que cualquier obra capaz de suscitar una reacción emocional inconsciente “posee un espectro de impacto más profundo que cualquier forma tradicional de comunicación verbal”. Esta forma de comunicación puede llegar a ser radicalmente no verbal, llegando a veces a extremos estupefacientes. En general, el cine es un arte que apela a la emoción y el arquetipo, mientras que eclipsa el intelecto, tendencia quizás favorecida en el marco de lo que Sloterdijk llamó “estados posliterarios”, donde la época del "humanismo nacional burgués” parece tocar fin.

Roy Batty. Más humano que los humanos

Blade runner es la adaptación cinematográfica de una novela de Philip K. Dick y una de las películas fundacionales de mi generación (nacidos en la década de los setenta). Actualmente es una de las 50 cintas guardadas por la Librería del Congreso de Estados Unidos, y hay encuestas que la designan como la mejor película de ciencia-ficción nunca estrenada.

Blade runner ha conquistado el status de clásico contemporáneo por razones alejadas del mero estilismo. Si ha alcanzado tanta notoriedad superando la hostilidad inicial de la “crítica”, si la hemos visto tantas y tantas veces, y si hemos comprado tantas reediciones digitales con sólo ligeras modificaciones con respecto al original desde el estreno de 1982, es porque esta película acierta en el clavo del espíritu del mundo contemporáneo.

Quienes aterricen aquí desde motores de búsqueda por primera vez quizás estén algo desconcertados por el título de la entrada, así que lo explicaré brevemente. Partiendo de la sugerencia del historiador de las ideas Jonathan Israel según la cual Baruch Spinoza (1632-1677) es el núcleo de la Ilustración europea radical, llamo “izquierda spinozista” a la Ilustración progresista, liberal-democrática, secular y universalista, basada en la doctrina del optimismo racional, y “derecha spinozista” a lo que a veces llaman “Ilustración oscura” ("Dark Enlightenment"), conjunto de doctrinas aguafiestas basadas en el pesimismo racional, el particularismo y la crítica de la razón progresista, liberal y democrática.

El año que viene

Los Ángeles, sociedad abierta 

La trama de Blade runner se sitúa en Los Ángeles, año 2019, una megalópolis que en cierto modo cumple con las expectativas del pesimismo racional: se trata de una sociedad multiétnica fuertemente aglomerada –inquieta la casi ausencia de humanidad negra, en contradicción con la predicción de una “africanización” racial del mundo– y sometida a una fuerte vigilancia policial, que en conjunto insinúa una degradación general de la confianza y el capital social, tal y como predicen los modelos actuales más sombríos (Putnam, 2007). Esta megaurbe parece realmente una “sociedad abierta” que haya salido mal, al menos a ojos de los europeos blancos occidentales. Sólo quienes pueden permitírselo buscan refugio en las colonias del mundo exterior (off-world) donde sofisticados replicantes “más humanos que los humanos” se encargan del trabajo duro antes de rebelarse violentamente. Este miedo a la segregación y a un “white flight” de carácter cósmico reaparece, por cierto, en ciencia-ficción más reciente.

Se ha sugerido, con razón, que el film viene a representar una parábola de las conflictivas relaciones raciales de los Estados Unidos, con androides de aspecto ario, genuinas “bestias rubias” desempeñando el paradójico papel de esclavos negros. Es quizás esta identificación subrepticia con un colectivo históricamente oprimido, junto con la pintura también paradójica del magnate Tyrell, en realidad menos “humano” que los propios replicantes, lo que permite suavizar, en los ojos del espectador, la venganza furiosa de los Nexus. Tampoco es nada ingenuo el papel central desempeñado en el relato por los test de empatía Voight-Kampff, trasunto de los test psicométricos reales asociados con mayor o menor justicia en el siglo XX –y quizás aún hoy en día– con medidas políticas contrarias a la inmigración (Colom, 2000).

Tyrell. Menos humano que los humanos. Via


La redención de Deckard

Está también muy extendida la idea de que los Nexus poseen un conatus específicamente humano, al intentar trascender por todos los medios el límite artificial de cuatro años de edad impuesto por sus amos humanos. Y es justo este conatus, junto con la memoria de hechos fabulosos e irrepetibles, al alcance de sofisticados turistas espaciales, lo que suele presentarse como mejor defensa de los replicantes, y en contra de la pena de muerte –”retiro” en la neolengua del relato–, una de esas costumbres humanas demasiado robustas para los “spinozistas de izquierdas”.

Pero el conatus no es sólo humano, al menos según los spinozianos (*): “cada cosa se esfuerza, en cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser” (Ethica, Parte III, proposición VI). Hay más "cosas" que individuos. Hay un conatus patriótico, un conatus étnico, un conatus eclesiástico, un conatus cibernético que aterroriza a los estudiosos de la superinteligencia, etc, y también, como intuyó Freud, un conatus inverso -personalizado por Tanatos-, que en cierto modo puede afectar a todas las cosas, desde las personas a las razas.

Estamos ante un deslumbrante artificio del que sale mal parado el humanismo tradicional. La muerte del “Dios de la biomecánica” Tyrell (Joe Turkel), cuyo aspecto resulta chocantemente menos humano que el de los propios replicantes, más bien semeja la muerte del propio hombre, que acaso debe ceder paso, como el propio Deckard (Harrison Ford) al reconciliarse finalmente con la “humanidad” replicante de Rachael (Sean Young), a una existencia superior, más grácil, generosa y refinada. En cierto modo, se culmina un viaje más allá de los confines humanos que la ciencia-ficción había puesto en marcha popularmente desde 2001. Una odisea del espacio. Los replicantes son más difíciles de matar que la supermáquina, no obstante algo humanizada, del relato de Kubrick y Clarke. En Blade runner no hay rastro ya de humanismo tradicional y nacional, al fin y al cabo los humanos supervivientes se acumulan en vastas megaurbes multiétnicas, hablando a veces en pintorescos esperantos, mientras que los replicantes representan mentalidades verdaderamente cosmopolitas que han visto explotar naves más allá de Orión.

No se trata de entretenimiento inocente ni de especulación sin consecuencias. En realidad, sólo hay que dar un pequeño y natural paso desde esta parábola irresistible que pone en crisis las definiciones humanas corrientes para plantarnos en las ideas transhumanistas, antiespecistas, antinacionales, antirracistas y antiantropocéntricas que tanto vemos florecer en la mentalidad europea desde 1982 y aún antes.

(*) A efectos prácticos, podríamos distinguir a partir de ahora "spinozista" como el partidario de la libertad filosófica y "spinoziano" como el seguidor del sistema metafísico y ético de Spinoza.

Comentarios

  1. otro análisis de la película por Jose R. Alonso
    http://jralonso.es/2011/10/06/tienen-los-replicantes-de-blade-runner-sindrome-de-asperger/

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