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Ni un Tsunami altera la inteligencia innata

Entre los efectos de un tsunami no figura la disminución de la inteligencia

Lo que llamamos “inteligencia” (el “factor g” es un concepto más bien cuantitativo y resistente a las definiciones cualitativas; Jensen, 1998), es un rasgo humano heredable que varía substancialmente entre individuos, sexos y poblaciones. Es más, la herencia inteligente probablemente también varía entre países (Vanhanen, 2014) y podría ser responsable de la competencia económica y otros resultados sociales que son un rompecabezas tradicional para los científicos sociales que ignoran los factores no culturales de la diversidad humana.

Son, en todo caso, remotos los tiempos en que se pensaba que la inteligencia no dependía de los genes, y la principal fuente de cambio procede en primer lugar de los estudios de gemelos. Padres más inteligentes tienden a tener hijos más inteligentes, y las diferencias son más apreciables y fáciles de medir comparando las experiencias de los hermanos gemelos. Este resumen de hace pocos años es de Matt Ridley:

Los gemelos monozigóticos criados aparte son más similares en CI (74%) que los gemelos dizigóticos (fraternales) riados juntos (60%) y mucho más que los medio hermanos (31%), hermanos adoptados (29-34%), gemelos virtuales o niños de edad similar pero no relacionados que son criados juntos (28%), adoptados (19%) y primos (15%). Nada excepto los genes pueden explicar esta jerarquía. 

Los genetistas disponen ahora de una nueva herramienta para calcular la heredabilidad de los rasgos humanos, los “estudios de asociación de genoma completo” (siglas en inglés GWAS), mediante la cual es posible escanear los genomas de muchos individuos a la búsqueda de alelos (formas en las que puede presentarse un gen) asociados con cualquier rasgo imaginable, entre ellos la inteligencia general. Los estudios recientes de este tipo (Davies et al., 2011), convergiendo con los resultados de los estudios de gemelos más antiguos, muestran que la inteligencia humana es un rasgo altamente heredable y poligénico, convergiendo también con la llamada “cuarta ley” de la genética conductual.

El factor g es un constructo válido, según el resumen de Roberto Colom, que apunta a una estructura jerárquica de la inteligencia (Panizzon, M.S. et al., 2014) “en la que se identifica un factor general de orden superior (g) y una serie de capacidades o dominios aptitudinales más específicos”. Este factor jerárquico, g, es el más altamente heredable (84%). O dicho de otro modo, cuánto más importante es una función cognitiva, más peso tienen los genes y más variable es fenotípicamente: “el ambiente compartido (o familiar) y el ambiente específico (o experiencia personal) juegan un escaso o nulo papel al comprender por qué se observan diferencias de rendimiento intelectual”. Redondeando este planteamiento, se ha evidenciado incluso que esta legalidad afecta a humanos y chimpancés (Woodley of Mennie,  M. et al., 2015). 

El “ambiente” no altera significativamente la parte más alta de la jerarquía cognitiva. NI TAN SIQUIERA UN TSUNAMI es capaz de alterar significativamente las habilidades intelectuales innatas en los niños, como muestra un estudio reciente de investigadores japoneses, que han comparado el neurodesarrollo de un grupo de niños afectados por la catástrofe de 2011 (Tatsuta, N. et al, 2015).

En conjunto, los rasgos humanos que más importan en la vida son altamente heredables y poligénicos. Desde el status social, recientemente estudiado por el historiador económico Gregory Clark, inalterado incluso por los premios gordos de la lotería, a los más altos niveles de la inteligencia.

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