Mi visión del mundo es falsa. Naturalismo como "metafísica provisional"

La metafísica del sargento Steiner: "Todo es accidental"
"En realidad nosotros no sabemos nada, pues la verdad permanece oculta." 
– Demócrito (citado por Diógenes Laercio)


El problema capital del naturalismo filosófico es el compromiso con el monismo metafísico: es difícil explicar la aparición de la conciencia en un mundo físico (un resumen en Materia y conciencia. Introducción contemporánea a la filosofía de la mente, de Paul Churchland. Gedisa. 2010). Por el contrario, el problema capital del sobrenaturalismo es el compromiso con el dualismo: es difícil explicar cómo se comunican dos substancias en apariencia radicalmente diferentes. En ambos casos se trata de tentativas de responder a problemas genuinamente filosóficos, es decir, problemas con ciertas características racionales pero difícilmente decidibles por la ciencia empírica.

La disputa entre dualistas y monistas, como el resto de los problemas filosóficos tradicionales, no parece tener una solución clara, dando lugar a la emergencia de posiciones escépticas (e intermedias: emergentistas, materialismos “no reduccionistas”, “teologías naturalistas”, etc) desde antiguo. Por otra parte los filósofos jamás han resuelto sus diferencias mediante el diálogo, y la supervivencia de los argumentos a menudo no descansa en su propia fortaleza, sino en fuerzas externas, extrafilosóficas, como el éxito de un partido político-religioso que aplasta a las metafísicas rivales, o la victoria de una escuela filosófica tras el exterminio o silenciamiento de las alternativas (excuso mencionar de nuevo el intento paradigmático de Platón de quemar los libros de los atomistas). No habría que despreciar una historia darwinista de las ideas que prime la asociación entre las ideas y la supervivencia biológica y social sobre una supuesta coherencia argumental que se impone a sí misma.

En definitivas cuentas, tomar partido por una u otra filosofía parece más bien una cuestión de oportunidad y temperamento. Las disputas serias no acostumbran a resolverse, originando en su lugar una “carrera armamentística” de argumentos sofisticados, guiados por racionalidad motivada. Para decirlo al estilo del psicólogo Jonathan Haidt: las intuiciones filosóficas anteceden al raciocinio. Seguramente tenía razón Fichte al asumir que la filosofía depende del tipo de hombre que se es.

Una parte de esta tradición problemática desemboca en una especie de retirada mística, al estilo de Heidegger, tras siglos de derivar en cuestiones ontoteológicas para los que los filósofos europeos no han encontrado solución satisfactoria alguna, o en los cantos de sirena del círculo de Viena, con su promesa incumplida de disolver la filosofía en "lógica de la ciencia", por no mencionar el crudo anuncio de que la filosofía como tal ha llegado a su fin.

"Metafísica provisional" suena a cartesianismo dado la vuelta. Descartes creía en una metafísica firme y una "moral provisional". Pese a creer haber encontrado un fundamento inconcuso para el conocimiento en el célebre cogito, resolviendo de una vez la disputa entre dogmáticos y escépticos, es sabido que el filósofo se detuvo prudentemente en las cuestiones prácticas. Recomendó para estas dejarse llevar por una “moral provisional”: “obedecer las leyes y las costumbres de mi propio país, conservando con constancia la religión en la que Dios me ha dado la gracia de ser instruído desde mi infancia, y rigiéndome en todo lo demás con arreglo a las opiniones más moderadas y más alejadas del exceso“. 

Paradoja de Feuerbach

La idea de una “metafísica provisional” se inspira también en la crítica de Feuerbach a la filosofía del absoluto de Hegel. Su ensayo de 1869 se pregunta si acaso existe “la posibilidad de que la especie se realice de forma absoluta en un solo individuo” y señala que es una “arbitraria supresión de todas las leyes” la idea de que la especie se ha encarnado en un sólo individuo o sistema filosófico: Encarnación e historia son incompatibles.

Considerando la magnitud de lo que desconocemos y la limitación del intelecto individual evolucionado, la idea de que un sólo individuo, una escuela, una sola teoría, una “visión del mundo” o metafísica– consiga explicarlo todo parece extremadamente poco probable tal como apreció Feuberbach.

Otro serio inconveniente proviene de considerar la historia del conocimiento, o lo que llaman “inducción pesimista”: “Se puede dar por seguro que las teorías de un tiempo dado serán reemplazadas en último término y consideradas falsas desde una perspectiva futura. Por tanto, las teorías actuales son falsas”. Mi "visión del mundo" es falsa:

Si la inducción pesimista está en lo cierto entonces el naturalismo filosófico es falso, aunque de esto no se siga, ni mucho menos, que el sobrenaturalismo sea verdadero. 

Entendiendo por naturalismo a grandes rasgos fisicalismo, es decir, la tesis de “que todos los efectos físicos poseen una causa física suficiente” (Papineau, 2008) y dado que el naturalismo filosófico es casi seguramente una doctrina falsa, sólo se pueden esgrimir en su favor razones pragmáticas.

Siguiendo la línea crítica de Kant –que había rechazado que la metafísica fuera una ciencia, y considerado a Dios más un postulado de la razón práctica que una conclusión de la teología natural–, más que la de Descartes o Spinoza, estas razones dependerían sobre todo de la historia de la ciencia, y en particular del éxito de la ciencia empírica sustentada en el “naturalismo metodológico” desde el siglo XVI al menos, es decir, en el simple supuesto –en sí mismo no demostrado– de que los efectos naturales poseen causas naturales.

El supuesto naturalista parece realmente mucho más eficaz que el supuesto sobrenaturalista: sabemos más sobre la naturaleza de los astros cuando suponemos que sus movimientos responden a causas naturales y regularidades empíricas, como la ley de la gravitación universal; sabemos más sobre la naturaleza de las enfermedades cuando suponemos que están causadas por patógenos o virus, en lugar de por espíritus malévolos; sabemos más sobre la naturaleza de los organismos vivos cuando suponemos que su evolución depende de causas naturales en lugar del diseño divino superinteligente, etc.

Diplomáticos y despiadados

Esto suena, desde luego, a “naturalismo pragmático” (Ryder, 2009). El pragmatismo es una tradición filosófica principalmente norteamericana, no muy conocida en la Europa continental –y concretamente en España–, e insuficientemente conocida por mí. En síntesis, la filosofía pragmática se sustenta en la idea –”máxima pragmatista”– de que las hipótesis han de clarificarse mediante el examen de sus consecuencias prácticas.

Los filósofos pragmatistas suelen distinguirse de los materialistas por distintas razones (Sellars, 1927). Ryder, por ejemplo, defiende un naturalismo que podríamos llamar diplomático, al no excluir la posibilidad de una teología naturalista y cuestionar que las ciencias naturales sean la única forma legítima de conocimiento. Este naturalismo diplomático, que llega a lindar con el acomodacionismo cultivado entre otros por Stephen Jay Gould o Francisco J. Ayala– contrasta con naturalismos despiadados, que –siguiendo la crítica de Marx [1]– a menudo subrayan la incompatibilidad de teología (y religión) y ciencia, y pueden volverse incluso “ogros” (Hacking, 2005) cuando se toman la libertad de estudiar las diferencias humanas.

Ateísmo y naturalismo no son sinónimos, si bien suelen ir unidos. Es interesante la sugerencia de Charles Taylor (2007) de que el ateísmo ilustrado, "despiadado" y radical, no surge de una lectura "obvia" de la ciencia –como insinúan los naturalistas pragmatistas– sino de un ethos heroico previo caracterizado por una "ética de independencia, autocontrol, auto-responsabilidad, y de desapego que es capaz de proporcionarnos control, una posición que requiere coraje, el rechazo de las fáciles comodidades de la autoridad, de los consuelos del mundo encantado, de la rendición de los sentidos". También en contra del relato moderno, pudiera sospecharse que el ateísmo moderno no es lo que dice ser, sino un desorden de la inteligencia (Kanazawa, 2010), o del cerebro masculino extremo.

[1] En su tesis doctoral Marx tachaba el intento de Gassendi de cristianizar el atomismo una traición filosófica: "Es como si quisiera arrojar el hábito de una monja cristiana sobre el cuerpo bellamente floreciente de la Lais griega".

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