Pornografía: La gran distopía sexual

Revolución sexual” es algo así como un “movimiento social” caracterizado por la inversión de los valores sexuales y familiares tradicionales, incluyendo la normalización de “orientaciones” sexuales diferentes a la heterosexual, los métodos artificiales de contracepción, el cuestionamiento social del "patriarcado", la llamada emancipación femenina y la legalización del aborto. Aunque se trata de un fenómeno social iniciado en poblaciones de origen étnico europeo, en particular a partir de los años 60 del siglo pasado, una sociedad aquejada por la “revolución sexual” presenta rasgos similares en todas partes: erosión de la familia biológica, aumento de las personas solteras y de los hogares monoparentales (y en especial de los “monomarentales”), estancamiento demográfico y masiva disponibilidad de la pornografía, entre otras consecuencias más o menos inesperadas.

Por primera vez en la historia de la organización social, la doctrina del hedonismo y la sexualidad extravagante, normalmente considerada herética y marginal, pasa a ser hegemónica. La “revolución” o “liberación” sexual tiene seguramente raíces ideológicas y no ideológicas, en las que no voy a profundizar, como la mera inadecuación de las ciudades para la crianza de niños, pero en todo caso cristaliza en forma de pensamiento utópico.

El lema “pop” Haz el amor y no la guerra describe muy bien el ideal de la resolución sexual universal de los conflictos de clase, políticos y aún religiosos.

Charlie Hebdo

Las medidas revolucionarias no sólo prometen la felicidad personal, ¡también la paz universal!

Los principales autores ideológicos de la revolución sexual sin embargo no han alcanzado una síntesis tranquila. Algunas doctrinas feministas han tomado el testigo de la moral tradicional religiosa en la crítica de la sexualidad y la pornografía. La separatista lesbiana Marilyn Frye, por ejemplo, sostiene que “la mayoría de las mujeres deben ser coaccionadas para tener sexo heterosexual”. Andrea Dworkin también cree que “todo sexo heterosexual es una violación” y Catherine McKinnon extiende también la crítica a la proliferación de pornografía, definida como “subordinación gráfica y sexualmente explícita de las mujeres a través de imágenes y palabras” y como “una forma de sexo forzado, una práctica sexual y una institución de la desigualdad de género”.

El análisis feminista se centra prácticamente en exclusiva en la victimización femenina. No sólo la pornografía no daña a los hombres y los chicos, sino que la misma pornografía es definida como una institución “patriarcal” diseñada para la explotación sistemática de las mujeres en beneficio de los hombres. La pornografía “contribuye causalmente a actitudes y conductas de violencia y discriminación” sistemáticamente dirigida contra las mujeres, pero nunca contra los hombres.

Las estrellas del porno son más felices

La afirmación periódicamente repetida de que la legalización de la pornografía causa un aumento de crímenes sexuales, y de violaciones contra las mujeres en especial, no ha podido probarse. Una síntesis de la cuestión publicada en 1999 de hecho llegó a la conclusión contraria de que el “incremento masivo en la pornografía disponible en Japón, los Estados Unidos y otros lugares está en correlación con un decrecimiento dramático de los crímenes sexuales y más aún entre jóvenes como perpetradores y víctimas”. Por lo que yo he podido averiguar, en cualquier caso no hay un claro consenso sobre la relación causal entre pornografía y delitos sexuales.

La idea de la pornografía como “explotación” patriarcal de las mujeres tampoco soporta el escrutinio empírico. Un estudio reciente (Griffith et al. 2012), que ha recibido una gran atención en los blogs y la prensa popular, cuestiona seriamente el estereotipo público de que las mujeres, o al menos las que participan activamente en la industria sexual, son “bienes dañados”. Comparadas con el grupo de control, las 177 profesionales femeninas del porno en este estudio no mostraron haber sido más vulnerables a abusos sexuales infantiles, y de hecho reportaron una mayor autoestima personal, sentimientos positivos, apoyo social, “espiritualidad” y satisfacción sexual.

Significativamente, resultados similares también se han documentado en profesionales masculinos. Tanto los hombres como las mujeres que se dedican profesionalmente al porno, al menos en su versión más comercial (las cosas podrían ser bastante distintas en formas de porno extremo), parecen ser más “sociosexuales” y tener un mayor grado de satisfacción vital. Otra cosa son los efectos potencialmente adversos de la pornografía en los consumidores, especialmente en los hombres y en los chicos en el mundo del porno masivamente disponible, a la distancia de un sólo “clic”.

El “gran experimento porno” 

Hay distintas evidencias apuntando a que los chicos, no las chicas, son más vulnerables a la pornografía masiva. Y la razón básica es que los chicos están mucho, mucho, mucho más interesados por el sexo en general. Los hombres se masturban más que las mujeres, rechazan menos ocasiones sexuales y están más motivados para el sexo casual (para una síntesis: Baumeister et al. 2001), especialmente con mujeres más jóvenes que ellos. Se ha propuesto informalmente el término "koreogamia", del griego kore, doncella, para describir esta preferencia.

Es claro que la industria pornográfica satisface algunas de estas preferencias masculinas naturales, o más bien las secuestra, si bien sus efectos no tienen por qué ser inocuos.

Al intentar explicar las causas sobre el “declive de los chicos”, visible en el aumento del fracaso escolar masculino en los últimos años, o en el apreciable deterioro de las relaciones íntimas, el psicólogo Philip Zimbardo señala directamente como causas al exceso de uso de internet, de los videojuegos y la pornografía. Tanto los videojuegos como la pornografía operan como “drogas de excitación” basadas en la novedad y se calcula que un chico promedio ve alrededor de 50 videos pornográficos cada semana.

Otro psicólogo, Gary Wilson, considera que la masiva disponibilidad de pornografía a través de internet hace que estemos viviendo un “gran experimento porno”. La razón es que no existe ningún "grupo de control" con el que comparar los efectos diferenciales de la pornografía: virtualmente todos los chicos con acceso a internet buscan pornografía a partir de los 10 años de edad. Por esto no podemos estar del todo seguros sobre cuáles son específicamente los efectos del porno, si bien existen ya evidencias sobre los efectos de la pornografía en casos de disfunción eréctil. También sabemos que el éxito del porno basado en novedades excitantes no es “cultural”, descansa en un mecanismo biológico ancestral, descrito en casi todos los mamíferos, el “Efecto Coolidge”, de acuerdo con el cual “los machos (y en menor medida las hembras) “exhiben un interés sexual renovado si se les presentan nuevas compañeras sexuales receptivas”.

Sin este efecto evolutivo, el porno digital no existiría. Es más, la pornografía posee el potencial de convertirse en una adicción nociva.

Pornografía y superestimulación 

Uno de los aspectos más oscuros de la pornografía es su asociación con lo que llaman “estímulo supernormal”. El blog sobre salud masculina de P.D Mangan posee un excelente resumen:

Este es un efecto que fue descubierto por el premio nobel de biología Niko Tinbergen. En esencial, un estímulo supernormal causa una respuesta en un animal que resulta ser más poderosa que los estímulos a los que normalmente responde el instinto del animal. Por ejemplo, pájaros que responden a huevos artificiales más grandes y coloridos, y que llegarán a rechazar sus propios huevos en favor de los artificiales. Esencialmente, los animales están cableados para responder a ciertos estímulos de sus entornos, programados por sus genes, pero esta respuesta puede ser interrumpida, digamos interceptada, por un estímulo que parece ser más poderoso, supernormal, que el original. 
La pornografía como estímulo supernormal puede implicar que el usuario de pornografía, al que se le presentan estímulos poderosos en forma de grandes cantidades de representaciones de mujeres y actos sexuales, despreciará su vida sexual real y potencial en favor de los superestímulos de la pornografía. 

Ya se ha estudiado la pornografía como superestímulo, en el contexto de la neuroplasticidad (Hilton, 2013). Y también hay evidencias de que el porno posee el potencial de convertirse en una adicción (Hilton y Watts, 2011), paralela a cualquier otra droga.

El psicólogo Gary Wilson piensa que el consumo de porno realmente tiene esta capacidad de secuestrar nuestro sistema de recompensas naturales, de incendiar nuestra dopamina, por decir así, llegando a erosionar seriamente nuestra fuerza de voluntad localizada en la corteza prefrontal, de un modo no diferente a las demás adicciones conocidas. Dado que prácticamente no existe un grupo de control “natural” de hombres que no consumen pornografía, el único modo de comparar los efectos adversos de la pornografía, en un contexto de disponibilidad masiva, es ver cómo les va a los chicos que deciden abandonar el consumo voluntariamente. En internet ya hay distintos foros de personas “libres de pornografía”, pero desconozco si hay un estudio más riguroso.

Nota: Este post es una revisión actualizada de uno publicado anteriormente.

Comentarios

  1. Hay estudios recientes que retan esta idea del porno como causa de disfunción eréctil y encuentran que es lo contrario, que la gente que lo consume tiene una libido mayor.

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    1. El problema con estas correlaciones es que bien podría ser que quienes tienen una libido mayor consuman más porno.

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  2. Lo sé, tengo por ahí el link. Puesto que hay opiniones en sentido contrario, me parece que la cuestión no está muy decidida.

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