El caso contra la soberanía popular

La derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial no sólo destruye físicamente varios países y se cobra millones de víctimas, también convierte en cenizas la ideología de los vencidos y una cosa en particular: el nacionalismo alemán.

La legitimidad de la nueva Alemania, tutelada por los vencedores de la guerra, de ningún modo puede apelar a la nación alemana histórica. De este olor a hierro quemado, con los cañonazos de los T-34 aún silbando en los oídos de los intelectuales y futuros gobernantes alemanes, y no precisamente de la luz espléndida de la razón, surge la doctrina del "patriotismo constitucional" y por extensión la crítica virulenta contra las ideas nacionalistas europeas (no sólo alemanas) desde 1945: "un ciudadano alemán que aún tiene hoy tras de sí la responsabilidad del holocausto del pueblo judío, ¿puede sentirse orgulloso de supropia historia, es decir, de ser alemán?".


Berlín, 1945

Patriotismo constitucional no es patriotismo español

Aunque acuñado por el "politólogo" Dolf Sternberger en 1979, la gran difusión del término "patriotismo constitucional" fuera de Alemania se debe sobre todo a Jürgen Habermas.

En España el concepto es aceptado por los dos grandes "partidos nacionales", y singularmente por el Partido Popular, tras la iniciativa de José María Aznar de 2001. Lo más curioso es que al abrazar esta doctrina la propia derecha española se declara a si misma heredera de la culpa alemana, que en España implica no sólo la deslegitimación del "franquismo", sino del propio régimen actual, en la medida en que se llega a la "democracia de partidos" –en los términos que suele emplear Antonio García Trevijano– justamente "de la ley a la ley" y no desde una ruptura con el pasado.

Por otra parte, debido a que España de ningún modo comparte la responsabilidad de Alemania en la guerra europea, el "patriotismo constitucional" sólo puede prosperar amalgamando ingredientes locales de la leyenda negra y el "antifranquismo" que profundizan en la erosión ideológica del patriotismo y la derecha. Una especie de nihilismo histórico encarnado en la ley de la llamada "memoria histórica" aprobada por iniciativa del PSOE en 2007, pero no reprobada, sino respetada y fomentada, por los posteriores gobiernos del Partido Popular.

Equiparar "patriotismo constitucional" con "nacionalismo español" o "patriotismo español" exige un ejercicio de acrobacia entre términos contradictorios. Prueba de esto es la apelación incesante de los patriotas constitucionales a la constitución de 1978 para enfrentar las amenazas de secesión periférica, ignorando la constitución histórica de España, trascendental a toda constitución formal.

Constitución material y constitución formal

El triunfo del patriotismo constitucional ha eclipsado el recuerdo de una tradición de pensamiento político alternativo al soberanismo popular en España, y sostenido no sólo por tradicionalistas sino también por liberales moderados del siglo XIX, en especial alrededor de las ideas de Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811). Los partidarios de la "monarquía moderada", doctrina olvidada o suprimida también por los herederos de la derecha española, defendieron la existencia de una constitución histórica española y de "leyes fundamentales" previas a cualquier constitución formal -como la aprobada por las cortes de Cadiz en 1812- y que no podían someterse a compraventa, igual que los valores de la "economía sagrada" descritos por el antropólogo Marcel Mauss. Para los tradicionalistas y los liberales moderados la soberanía no residía en el pueblo español, sino que era compartida por el Rey y las cortes, y asimismo atacaron la doctrina revolucionaria francesa de un "poder constituyente".

En este punto es interesante la crítica clásica de Edmund Burke a las ideas revolucionarias: "Lo que nosotros mejoramos no es nunca totalmente nuevo, y lo que conservamos no es totalmente viejo. Quedamos así vinculados por estos principios a nuestros mayores (...) Adoptando este principio de herencia hemos dado a nuestra política el carácter de una relación consanguínea, uniendo la Constitución de nuestro país con nuestros vínculos más familiares" (Citado por Suanzes-Carpegna). Para Burke, los tradicionalistas y los liberales moderados la nación (la patria o nación política en el sentido de Gustavo Bueno: "la tierra de los padres y la tierra de los hijos") no puede ser una entidad política creada racionalmente ex novo, sino que arraiga en realidades históricas consideradas hoy tabú: no sólo la religión, también el linaje y la herencia biológica de los pueblos desempeñaban tradicionalmente un papel legitimador. Ideas por otra parte nada extravagantes, que en definitivas cuentas coinciden con la explicación que da Azar Gat sobre la creación de las naciones modernas: "En contra de algunas teorías de moda, los lazos étnicos, arraigados en la solidaridad del parentesco, no fueron ni completamente inventados ni enteramente superados por las estructuras de poder político".

El olvido de la constitución histórica y la elevación de la doctrina de la soberanía popular viene a equiparar, en la práctica, "derecha" e "izquierda" en el marco de un liberalismo que en el siglo XIX consideraban radical. De hecho, se puede decir que en España no existe ya derecha en sentido político, aunque pueda sobrevivir en cierto sentido social o psicológico.

El patriotismo es natural

La derecha política desaparece a la vez que el patriotismo español tradicional,  reemplazado por expresiones populares de "patriotismo deportivo", por la llamada "derecha liberal", y de modo más general por los más ensalzados ideales de comodidad y prosperidad individual:

Siempre se ha sabido que la prosperidad genera patologías sociales. Desde la época clásica se sabe que la prosperidad y la seguridad prolongadas provocan la ociosidad, disminuyen el espíritu de milicia del pueblo ("populum" como sinónimo de ejército) y terminan alterando significativamente la demografía (Holbach decía que las sociedades decadentes se llenan de solteros). Es difícil explicar que ideas tan increíblemente estúpidas y peregrinas como las "fronteras abiertas", el desprecio por la propia historia y por la identidad nacional (para hacerse una idea: sólo el 16% de los españoles actuales están dispuestos a defender su patria), las ideas del construccionismo social, la negación de las diferencias entre sexos o razas, el "ateísmo de supermercado", etc se hayan extendido tanto en las sociedades europeas, y con tan pocas resistencias.

Al igual que los demás países occidentales a lo largo de las últimas décadas, la identidad tradicional española ha sufrido una profunda erosión cultural, celebrada a veces como homologación con la "modernidad". El patriotismo tradicional no pasaría de ser –desde este punto de vista– un "oscuro" vestigio del pasado, en contraste con "las luces" modernas, de espíritu cosmopolita, una inversión liberal de valores que lleva a patologizar fenómenos designados ahora como "etnocentrismo", "racismo", "antropocentrismo", "sexismo" o "eurocentrismo".

Según Kevin MacDonald, que se basa en las ideas de Philip Rushton sobre el nacionalismo étnico o en los "intereses genéticos" descubiertos por Frank Salter, esta apreciación, sin embargo, se sustentaría en una apropiación ideológica de la ciencia y la racionalidad. De hecho, para MacDonald el patriotismo es "normal y saludable": los patriotas son "seres humanos normales que simplemente exhiben una evaluación saludable y positiva de su propio grupo étnico, consistente con la teoría evolucionista".

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