La pena de muerte ante la Ilustración

El ostracismo y la ejecución colectiva de los criminales, que disminuye notablemente el riesgo inherente en el castigo de los transgresores, parece un rasgo distintivo de las sociedades humanas, y no empieza con el estado (Boehm, 2012). De hecho, la pena capital en sociedades tribales de cazadores y recolectores probablemente es una norma precursora de la ley moderna (Boehm, 1986). Tal como resume Richard Wrangham, la evolución cultural de la pena capital está con toda probabilidad tras el proceso de "autodomesticación" y la espectacular disminución de la violencia "reactiva" (típicamente en el interior del propio grupo: riñas, violencia doméstica, trifulcas letales, etc) en las sociedades humanas, en comparación con las demás sociedades de primates. Se estima que los incidentes de este tipo en humanos se han reducido hasta 1000 veces en comparación con los chimpancés.

Es relativamente sorprendente que este rasgo, que en cierto modo nos hace humanos, haya recibido una atención escasa por parte de los antropólogos. Según la "enciclopedia católica", la idea de la pena capital "tiene una gran antigüedad y forma parte de los conceptos primigenios de la raza humana", y esto sin perjuicio de que la principal iglesia de la cristiandad se ponga hoy del lado abolicionista.

El supuesto progresista

La abolición de la pena capital suele considerarse en los países occidentales como un progreso moral y en general, en la actualidad, se estima que su mantenimiento representa una grave violación de los "derechos humanos". Suele citarse la moratoria sobre la pena de muerte declarada en 2007 por la Asamblea General de la ONU, sin embargo no apoyada por todos los países, entre ellos los Estados Unidos. Según Steven Pinker "un dato discrepante entre las democracias occidentales". Pinker considera que la abolición de la pena capital es una consecuencia más o menos irreversible del "proceso de pacificación" que estaríamos experimentando en los últimos siglos.

La pena capital sería más bien, según este punto de vista hoy muy común, un vestigio de tiempos "oscuros", y suele ponerse como ejemplo que el Vaticano fuera uno de los últimos estados en abolirla en Europa. Ciertamente, la posición de la Iglesia católica frente a la pena capital es al menos ambivalente si se proyecta sobre el trasfondo histórico y las justificaciones teológicas tradicionales. Es cierto, por ejemplo, que la Iglesia no ejecutaba directamente a los herejes, pero esto era posible porque podía permitirse "relajarlos" al brazo secular.

La pena capital también está abolida en España desde la constitución de 1978, y las últimas ejecuciones datan del "régimen franquista". Según el jurista Alfonso Serrano (2013) el consenso moral sobre la pena capital es tan fuerte que hoy en día "no existe absolutamente ningún debate sobre su reintroducción". Los abolicionistas oponen argumentos presuntamente positivos procedentes de la "criminología contemporánea" y de las ciencias jurídicas, frente a la "rancia tradición" de la firmeza contra el delito.

Hay pocos juristas, políticos o filósofos que defiendan la pena capital en los países occidentales y se resistan a este supuesto "consenso", y casi ninguno en España. Gustavo Bueno y su teoría sobre la "eutanasia procesual" es una notable excepción.


"El verdugo" (Luis García Berlanga, 1963)


¿Es "extremista" defender la pena capital?

La falta de un verdadero debate público contrasta, sin embargo, con los resultados de las encuestas públicas. En Estados Unidos, donde la pena aún existe, más de la mitad de la población (56%) se muestra favorable a la pena capital en 2015 (el apoyo fue mucho mayor en la década de los noventa). Clima de opinión no muy distinto al de Gran Bretaña, donde un estudio reciente mostró que más británicos están a favor de reinstaurar la pena capital (el 53% frente al 34% de la población total, y el 66% de los hombres frente al 44% de las mujeres).

Pese a una propaganda insistente y la confianza de los políticos o los juristas en el consenso abolicionista, en España la situación no es tan distinta. La mayoría de los españoles se declaran contrarios a la pena capital, pero según datos del CIS (2006) hasta un 34% sería favorable a aplicarla "a personas con delitos muy graves". Y otras encuestas elevan el mismo porcentaje hasta la mitad de la población.

Teniendo en cuenta estos datos europeos: ¿Cómo podría considerarse "extremista" una opinión que varia en un rango del 34 al 53%?

¿Es antimoderna la pena capital?

Una forma de salvar la contradicción (¿por qué tantos ciudadanos de los países occidentales se resisten al "consenso" moral?) es presentar la pena capital como una posición tajantemente "irracional" y contraria a la tradición ilustrada. La única opinión moralmente viable para una mente "moderna" sería el abolicionismo.

Pero aquí nos encontramos con otra dificultad: los ilustrados, tanto "radicales" como "moderados" (Locke, Rousseau, Kant...), por usar la terminología de Israel, no eran abolicionistas de la pena capital. Aunque muchos se muestran partidarios de limitarla, los historiadores reconocen que "pocos autores (ilustrados) llegan a pedir su abolición absoluta". Para poner un ejemplo significativo, los "padres fundadores" de los EE.UU –inspirándose precisamente en las ideas ilustrados– en su Bill of rights prohibieron el "castigo cruel e inusual" pero no tuvieron ningún problema en mantener la pena capital. En contra de suposiciones comúnmente aceptadas hoy, la posición abolicionista representada por Cesare Beccaria era extravagante en el siglo XVIII y la mayoría de los pensadores importantes de la Ilustración apoyaron la pena capital, como ha explicado en más detalle Peter Frost. La posición "moderna" sobre las penas no supuso una ruptura con un pasado presuntamente tenebroso sino una continuidad de las actitudes sociales y de las élites frente al crimen y el castigo.

Por otra parte, estos cambios en la sensibilidad europea probablemente podrían no haber sido simplemente el resultado de un cambio en las mentalidades, o en leyes dictadas por gobernantes "ilustrados". La selección natural podría haber desempeñado un papel decisivo pero poco estudiado: "la idea de que la violencia declinó de forma tan rápida en el periodo medieval en Inglaterra (¿y en el resto de Europa?) en parte estaría relacionada con el hecho de que los individuos violentos fueron simplemente eliminados de la población, y esto debió hacerse con la suficiente antelación como para detener o bajar sus índices reproductivos lo bastante como para pacificar a la población".

Frost (2015) ha propuesto una alternativa "darwinista" a las ideas convencionales sobre el proceso de civilización de los europeos, que suelen centrarse exclusivamente en los factores culturales que llevan a la pacificación. Esta "pacificación genética" tendría lugar básicamente a lo largo de tres etapas históricas. A partir del siglo XII se incrementa el recurso a la pena capital para homicidios y otros crímenes contra el orden social, como herejes y cismáticos. Del siglo XIV al siglo XX se experimenta un declive gradual e importante en la tasa de homicidios, inicialmente en los países centroeuropeos. Finalmente, a partir del siglo XVIII, se inicia el camino hacia la abolición. Cabe subrayar que, para Frost, este cambio en la mentalidad punitiva no se debe exclusivamente a los llamados "valores ilustrados" y al régimen liberal:

Los historiadores a menudo vinculan estas tendencias con el auge del liberalismo y del pensamiento ilustrado, si bien donde la pena de muerte realmente perdió más apoyos fue allí donde el liberalismo era más débil. En Rusia, fue abolida de modo no oficial por Elizaveta Petrova (1741-1762), en apariencia basándose en la piedad cristiana, sólo para ser restaurada por Catalina la Grande (1762-1796), que mantenía correspondencia con Voltaire y profesaba ideales ilustrados. En otros lugares, la pena de muerte desapareció en países que eran claramente no liberales, como la Toscana en 1786 y los dominios de Habsburgo en 1787. El progreso fue menor en Inglaterra, el epicentro mismo del liberalismo, donde casi 300 infracciones aún eran punibles con la muerte a fines del siglo XVIII.

Podría decirse que políticos españoles abolicionistas, como Pedro Sánchez, que propone abolir la pena de muerte en España incluso para tiempos de guerra, están regresando a los ideales del cristianismo primitivo de "paz y caridad" más que reclamando "valores ilustrados".

En conclusión: 1) La pena de muerte en perspectiva antropológica nos hace humanos. No la practica ninguna otra especie de mamíferos o primates; 2) La pena de muerte forma parte importante del proceso de autodomesticación y pacificación, al eliminar los individuos más agresivos y favorecer que disminuya la violencia reactiva; 3) La pena de muerte no es "antimoderna", pues era apoyada por la mayoría de los pensadores ilustrados; 4) Aprobar moralmente la pena de muerte, o proponer su reintroducción en el código penal, no es "extremista" hoy, pues según encuestas entre el 30-50% de la opinión pública en países occidentales dice ser favorable a la pena capital.

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