jueves, 18 de agosto de 2016

La nueva constitución japonesa y el fin de la "paz perpetua"

Inmanuel Kant publicó en 1795 un ensayo insinuando un nuevo orden jurídico internacional capaz de fundar una “paz perpetua” entre naciones, particularmente mediante un tratado que "aniquila y borra por completo" las causas de toda guerra futura. Al firmarse el Tratado de Renuncia a la Guerra, conocido como Pacto Briand-Kellogg (1928), las ideas de Kant parecieron cobrar una inesperada vida, pero el entusiasmo pacifista es interrumpido drásticamente por el reinicio de las hostilidades internacionales en 1939 –y aún antes en el continente asiático. Tras el desenlace de la guerra mundial, el espíritu dañado de la "paz perpetua" se refugió en la aún vigente Constitución de Japón (日本国憲法), promulgada en 1948.

En su artículo 9 leemos:

Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales.
Con el objeto de llevar a cabo el deseo expresado en el párrafo precedente, no se mantendrán en lo sucesivo fuerzas de tierra, mar o aire como tampoco otro potencial bélico. 
El derecho de beligerancia del estado no será reconocido.

Esta “constitución de paz” –redactada en secreto por militares estadounidenses tras la ocupación del país y aprobada por el parlamento fingiendo que había sido elaborada por el gobierno– amplió las reformas liberales de la constitución Meiji de 1890, afirmando no sólo la libertad religiosa (artículo 20) sino también la separación del estado y las religiones (artículo 89). Las reformas estaban en consonancia con las exigencias de la llamada “Directiva Shinto” de 1945, orientada a socavar las doctrinas nacionalistas sobre el culto al emperador, la superioridad racial de los japoneses –reunidos en una patria común o minzoku– y la creencia de que Japón estaba llamado a dominar Asia. Helen Hardacre, de la universidad de Harvard, ha estudiado este tema en profundidad.

El “laicismo” y la “democracia liberal” tampoco surgieron en el Japón de un proceso de deliberación racional e ilustración kantiana, sino que fué básicamente la obra de militares estadounidenses victoriosos, precedidos por enjambres metálicos de "Fortalezas volantes", bombardeos de área en ciudades, y finalmente por la bomba atómica que impuso una pax americana. No hay duda de que no haber concedido un Nobel de la Paz a los B-29 representa una flagrante omisión por parte de la Real Academia de las Ciencias de Suecia.


B-29 Superfortress


La supervivencia del Shinto

El Shinto (神道 Shintō), también llamado en japonés kami-no-michi es considerada la religión autóctona del Japón, cuyas primeras prácticas y doctrinas registradas proceden del siglo VIII d.C. A diferencia de otras religiones con orientación más universalista, el Shinto es una religión esencialmente pro-genealógica basada en la reverencia a los ancestros, el culto divino al Emperador y la perseverancia y unidad de la nación japonesa.

Aunque la idea del Shinto como tradición inventada es seguramente una exageración marxista, lo cierto es que este difuso conjunto de ritos y doctrinas sólo se convierte en doctrina de estado (“Shinto de estado” como distinto del “Shinto de los templos”) tras el periodo modernizador Meiji, particularmente tras la promulgación de la constitución del Imperio de Japón en 1890 (大日本帝國憲法 Dai-Nippon Teikoku Kenpō) asi como del decreto imperial sobre educación (教育ニ関スル勅語 Kyōiku ni Kansuru Chokugo) de 1890 basado en la llamada “Doctrina Kokutai” o “Discurso sobre la unidad nacional” que concede un lugar de privilegio al Shinto.

Algunos académicos, como Shimazono (2009) subrayan que estos esfuerzos políticos sólo lograron un imperfecto y tardío vínculo entre Shinto y Estado, coincidiendo esencialmente con el dominio de las ideologías expansionistas y militaristas en los años treinta del siglo pasado. El Shinto precede al militarismo, y le sobrevive, en parte por la decisión de los vencedores de la guerra de diluir la responsabilidad colectiva y aludir a un supuesto “mal uso” por parte de militares y nacionalistas exacerbados. Los planes de abolir el Shinto fueron descartados por Douglas MacArthur, al mando de las fuerzas de ocupación, que adoptó una posición más pragmática: “debe quedar claro que no se permitirá que las asociaciones ultranacionalistas y militaristas japoneses se escondan bajo una capa religiosa”.

Frente a las propuestas moderadas del “Comité Matsumoto” que sólo pretendía efectuar cambios cosméticos en la constitución Meiji, considerando que los japoneses seguían siendo “súbditos” del emperador en lugar de ciudadanos, y sin mencionar la separación entre estado y religión, la reforma definitiva impulsada por McArthur preservó la institución imperial con la condición de que se expresara una renuncia formal a la guerra, el militarismo y el “feudalismo” –tal como queda manifiesto en el referido artículo 9.


Entrada (Torii) al Templo Shinto Yasukuni en Tokio


Las peligrosas ideas de Abe

La vigente “constitución de la paz” fué escasamente contestada durante décadas –en parte gracias al éxito del War Guilt Information Program, impulsado por los norteamericanos–, pero en 2012, a 60 años del tratado de Paz de San Francisco, el partido Liberal Democrático de Japón propuso una revisión seria.

Tras ganar las elecciones generales de 2014, el líder del LDP Shinzō Abe anunció que pediría consejo a comités de la Dieta Nacional para elaborar una reforma constitucional que afectaría a la doctrina del pacifismo consagrada en el artículo 9, y también reforzaría el papel institucional del Shinto. Este proyecto coincide con la intención del emperador de abdicar, y está envuelto por una crisis económica prolongada, pero sigue contando con la oposición de sus socios de gobierno y de importantes sectores de la sociedad japonesa, particularmente de la izquierda y grupos religiosos no shintoistas –incluyendo la minoría cristiana.

Vinculado con el lobby nacionalista Nippon Kaigi, Abe sostiene una visión de la historia que es considerada revisionista y "controvertida" en el área de influencia occidental y entre los enemigos estratégicos tradicionales de Japón. En su "libro de Holanda" Towards a beautiful country. My vision for Japan, muy difícil de conseguir incluso en inglés, Abe cuestiona que la conducta de líderes de guerra japoneses como Hideki Tojo y el propio abuelo del presidente Nobusuke Kishi –ambos sospechosos de crímenes de guerra de “Clase A”– fuera moralmente incorrecta.

Según el corresponsal de Reuters en Tokio, Kosuke Takahashi, el mandato de Abe está promoviendo una “estrategia nacionalista” para pasar de un “pacifismo pasivo” a un “pacifismo proactivo” que incluye un considerable refuerzo de la colaboración militar con los EE.UU con el fin de que Japón vuelva a ser un “país normal” en la escena internacional y de reforzar su posición estratégica en el contexto de las rivalidades regionales con Corea, China o Rusia.

En diversas ocasiones desde 2006 Abe ha visitado el templo Shinto Yasukuni, polémico por rendir culto a héroes de guerra y encarnar la ideología Kokutai (國體) de unidad religiosa-nacional japonesa. Abe no es el primer mandatario japonés en visitar este templo: lo hicieron anteriormente Yasuhiro Nasokone en 1985, Hashimoto Ryutaro en 1998 y más recientemente Junichiro Koizumi en 2001. Sin embargo, coincidiendo con el 71 aniversario del fin de la guerra mundial, un año después de intervenir ante el Congreso de los EE.UU, Abe ha evitado acudir personalmente al santuario. 

El tiempo dirá si estos movimientos preludian un regreso a la ortodoxia pacifista de la posguerra, típico del "drama recurrente" del nacionalismo japonés, o bien son una retirada estratégica novedosa. Al igual que en 1945 y con posterioridad la capacidad de presionar de la diplomacia y de la amenaza de fuerza serán esenciales para inclinar hacia un lado u otro la opinión de los japoneses. 

viernes, 5 de agosto de 2016

Una nota sobre ciencias modernas y ciencias reaccionarias

Se ha clasificado a las ciencias en función de distintos criterios, desde el medieval Trivium et quadrivium, hasta la distinción romántica, a la Dilthey, entre “ciencias del espíritu” (Geisteswissenschaften) y “ciencias de la naturaleza” (Naturwissenschaften), pasando por la más rudimentaria separación entre ciencias “blandas” y “duras”.

Inspirándonos en el planteamiento –tan fecundo– de Peter Sloterdijk, podríamos clasificar ahora las ciencias en función de su relación con la genealogía, la idea de lo “moderno” y la “reacción” que se le opone.

Serían ciencias no genealógicas aquellas que establecen verdades con independencia de los orígenes o genealogía de esas mismas verdades (causalidad no genealógica). Son ciencias no genealógicas, en este sentido, la geometría, la lógica, las matemáticas y parte de la física, así como las ciencias humanas basadas en el determinismo o el funcionalismo cultural.

Serían ciencias genealógicas, por el contrario, aquellas cuyas verdades están esencialmente comprometidas con cadenas genealógicas de sentido (causalidad genealógica). La historia –si llega a ser “ciencia”–, la genética, la biología evolucionista o la psicología evolucionista son ciencias genealógicas por antonomasia.

Para poner unos ejemplos, el teorema de Pitágoras  es válido en todo tiempo y lugar, pero la validez del sistema democrático de gobierno sí depende de factores genealógicos, desde la historia cultural de las sociedades a la arquitectura del parentesco y los niveles de consanguinidad. Los cuerpos físicos obedecen a las leyes no genealógicas descubiertas por Newton, también en todo tiempo y lugar, mientras que los rasgos psicológicos de las personas obedecen a factores causales genealógicos –desde el "ambiente adaptativo ancestral" a otras presiones selectivas recientes– y difieren individualmente.

Utilizando una célebre distinción de los lingüistas, se puede decir que las ciencias no genealógicas producen verdades sincrónicas, mientras que las ciencias genealógicas producen verdades diacrónicas. Pero estas verdades no siempre conviven pacíficamente, sino que pueden entrar en contradicción –Gustavo Bueno ya insinúa una "dialéctica de las ciencias" en el primer tomo de la Teoría del cierre categorial.

En la medida en que la modernidad se sustenta en la pasión antigenealógica, tiende a favorecer no sólo ya ciencias “no genealógicas” sino fervientemente antigenealógicas. El cogito cartesiano, la doctrina psicológica del “Blank slate”, o el determinismo cultural típico de la escuela boasiana, o de lo sociología hegemónica, que Pinker llama "Standard Social Science Model", son claros ejemplos de ciencia moderna antigenealógica.

La ciencia genealógica –reaccionaria en este sentido–, sin embargo comienza a recuperarse lentamente a partir de la segunda mitad del siglo pasado, en particular restableciendo el vínculo perdido con la tradición evolucionista y darwinista del siglo XIX –vínculo roto debido supuestamente al contacto con ideologías "totalitarias".

Es conocido el punto de vista de Mayr reivindicando la biología como ciencia histórica, es decir, genealógica.

Cuando Wilson llama polémicamente a "biologizar" el estudio de la moralidad, esto tiene también que ver con restaurar los lazos genealógicos perdidos.

Parafraseando a Dobzhansky, según esta perspectiva contestataria nada tiene sentido en ciencia –humana en particular– excepto bajo el prisma de la genealogía.

Más que una discusión racional pura en el marco de una ciencia perfecta y humanamente desinteresada, la pasión moderna antigenealógica, con su hostilidad a la historia, y su horror hacia los orígenes vergonzosos y robustos, explica mejor las controversias interminables que rodean a las ciencias genealógicas.

Por más que los psicólogos evolucionistas, los genetistas o los historiadores actuales rehúsen autodescribirse como políticamente “reaccionarios”, también es muy claro que el descubrimiento científico de genealogías legítimas obstaculiza el proyecto moderno de liberar a los nuevos hombres de cualquier idea de ascendencia. Para las ciencias modernas sería más cómodo operar en un mundo causalmente no genealógico.

sábado, 30 de julio de 2016

La rebelión antigenealógica europea

Quién sabe si entre las lecturas canónicas de la filosofía figurarán dos a cargo de Peter Sloterdijk. Una es la breve conferencia, Normas para el parque humano (1999). Otra es más reciente: Los hijos terribles de la edad moderna. Sobre el experimento antigenealógico de la modernidad (2015; Siruela).

En esta última obra encontramos algunos “conceptos fundamentales”, para una teoría oscura de la modernidad.

El Hiato 

Si para los antiguos el hombre está en el mundo porque no mereció un sitio mejor, para los modernos representa más bien un honor haber sido arrojados del paraíso, “el acontecimiento más feliz y más grande de la historia humana”, para Schiller, en cuanto preludia un despertar de las fuerzas de la razón. Es posible un nuevo comienzo, un "punto cero" de la humanidad porque la mente es una “tabla rasa” y la herencia una tara remediable.

A partir de la revolución francesa–irónicamente consentida por Dios, para De Maistre– empieza una época caracterizada por el primado del futuro (grácil) sobre el pasado (robusto), y por el primado de la moda sobre la costumbre. Para Sloterdijk se trata de una interrupción radical, un “hiato” entre la cultura genealógica paleoeuropea y los “nuevos hombres”, pero que no anuncia tanto un ascenso hacia arriba, radiante, ininterrumpido y previsible, cuanto que una permanente “caída hacia adelante” (La gaya ciencia: "¿No caemos continuamente?"), imagen que apunta a un avance paradójico, puntuado de accidentes monstruosos y consecuencias inesperadas.

"Après nous le déluge"

El principio dinámico-civilizatorio 

Sloterdijk llama “principio dinámico-civilizatorio” al proceso por el cual “la suma de las liberaciones de energía en el proceso de civilización supera regularmente la capacidad de acción de fuerzas de vinculación efectivas”. Se podría describir alternativamente como una dinámica de “efectos colaterales”, “consecuencias inesperadas” o como lo llaman los biólogos “subproductos” (byproducts). Algunos ejemplos vienen inmediatamente a la cabeza: daños provocados por conductas altruístas, diferencias de sexo provocadas por la política de “igualdad de género”, incremento de “white flight” en la era de la integración racial...

He aqui algunas de sus formulaciones –de un total de 25:

1. Desde el hiato se evocan muchas más opciones de futuros estatus provechosos de los que jamás podrían avalarse mediante pruebas de eficiencia o títulos de ascendencia legítimos. 
12. En los campos de la cultura y de la política modernos se lanzarán al mundo siempre más fraudes, más despropósitos y más ofertas a la disposición delirante del público de los que pueden realmente integrarse en proyectos realistas. 
17. Se descubrirán, redescribirán y diagnosticarán sin cesar más enfermedades de las que pueden ser tratadas como es debido en las instituciones terapéuticas existentes o futuras. 
21. En el curso de la modernización se abrirán progresivamente más opciones existenciales de las que nunca pueden integrarse en constructos de identidad personal y colectiva.

El cristianismo antigenealógico 

La pasión antigenealógica, sin embargo, no nace de la revolución, sino que hunde su raíz en las tendencias antitradicionales y antifamilistas del propio cristianismo.

Jesús es “el hijo más terrible de la historia universal”, cuyo padre empírico oscurece ante la luz del padre trascendente: “Y no habéis de llamar padre a nadie en la tierra, pues uno es vuestro padre, el que está en el cielo” (Mateo 13); “El padre estará contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre” (Lucas 12, 51); “Si alguno viene a mi y no odia a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas, y además su vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14, 26).

La iglesia misma se sustenta en la idea de sucesión apostólica, de carácter no genealógico. Pese al intento de fundar la realeza de Cristo en una cadena que va de Abraham a David, el último hijo de la serie es vástago del espíritu que “viene al mundo desde arriba”.

Sloterdijk señala la insalvable contradicción entre la doctrina del nacimiento virginal (filiación vertical o "espiritual") y las series genealógicas inventadas que emparentan al salvador con el linaje de Abraham y David (filiación horizontal o "natural"). Se rompe así con la sucesión patriarcal paleoeuropea de las culturas judía, romana o griega, poniendo las bases espirituales del peculiar individualismo europeo y de todas las rebeldías antiautoritarias posteriores: la comunidad de hermanos cristianos vienen a ser así “los primeros modernos”.

Esta idea de filiación trascendente tiene el importante efecto de promover el antinatalismo, producto más visible en las sectas místicas medievales provenientes del gnosticismo, los “espíritus libres” y la devotio moderna a duras penas aplacada por el conservadurismo eclesiástico que intenta salvar los muebles familiares: “La pasión por desarrollarse a sí mismo hacia Dios no es compatible con el cuidado por la transmisión de una herencia familar o de una carisma dinástico”.

Bastardización

La “modernidad” se puede describir como un proceso de civilización igualitaria, basada en la derogación de la herencia y en la promoción de los bastardos.

Se trata de un proceso fuertemente resistido por toda cultura tradicional que pretende proteger la línea de transmisión generacional de “errores de copia”, favoreciendo la virtus hereditaria contra las innovaciones monstruosas y los individuos rebeldes.

En el nuevo mundo “bastardizado”, prefigurado ya en la “aristocracia espiritual” de Cicerón, los modelos ejemplares son actuales y simultáneos: la moda vence a la costumbre. La innovación, producida por la nueva “creative class”, se alza como valor fundamental en la esfera productiva, mientras que la democracia domina por su método de elección y legitimidad bastarda por excelencia.

Esto no pone fin a la historia, sin embargo. Dejando a un lado que el experimento del que tratamos sigue siendo básicamente europeo, con vastísimas áreas del planeta aún libres de la pasión antigenealógica, Sloterdijk alerta sobre una “sobreabundancia de reproducción bastarda” en línea con el principio dinámico-civilizatorio: “Las diferencias de estatus entre individuos han de ser determinadas desde ya mismo en permanente competencia generalizada, con costes crecientes de frustración y progresivos riesgos de desmoralización”. La modernidad europea antigenealógica es, al fin y al cabo, la máquina productora de solteros y personas sin hijos más eficaz desde las órdenes mendicantes medievales.

Independentismo

Thomas Jefferson (1743-1826), a quien se atribuye la “Declaración de Independencia” de los Estados Unidos, es también –para Sloterdijk– el creador de la idea moderna de “independencia" y de independentismo.

En una larga carta a su yerno, John Wayles Eppes (1773-1823) Jefferson arremete contra el derecho de los muertos a reinar sobre los vivos: “La tierra pertenece a los vivos, no a los muertos”. La soberanía no es sólo popular sino generacional: “Hemos de considerar a cada generación como una nación diferente, en posesión del derecho de vincularse ella misma por la voluntad de su mayoría, pero sin el derecho de vincular a la generación siguiente, así como tampoco lo podrían hacer los habitantes de otro país.”

Nótese que Jefferson equipara la tiranía del extranjero con la tiranía del pasado. Según el nacionalismo antigenealógico –donde la nacionalización o más bien "naturalización" de los ciudadanos se logra "poniendo entre paréntesis sus ascendencias"– tan ilegítimo es ser gobernado por una potencia ocupante como por leyes y constituciones no aprobadas por la generación viva en cada momento.

Metapolíticamente la posmodernidad también se podría describir como la era de las naciones bastardas, basadas en la legitimidad generacional, y en el poder instantáneo de los ciudadanos “naturalizados”, libres de cualquier hipoteca -económica o de otro tipo– del pasado.

miércoles, 1 de junio de 2016

El ateísmo como monocultura de izquierdas

En sentido estricto “ateísmo” es una posición metafísica (ateísmo como a-teísmo a la manera de Paul Cliteur), no moral, ni política, pero lo cierto es que existe una clara tendencia demográfica que vincula increencia e ideología. La mayoría de los ateos son también izquierdistas.

No todas las "diversidades" han nacido iguales

Los datos más completos corresponden a EE.UU, donde la relación entre “irreligiosidad” e ideología se estudia al menos desde los años 70 (Grupp y Newmann, 1973; Nassi, 1981). Según una encuesta de 2012, sólo el 18% de los ateos votarían por un candidato conservador. Si nos fijamos en los votantes registrados en el censo, el porcentaje de ateos que se identifican con la derecha baja al 13%. Y si analizamos la misma tendencia entre activistas ateos –y no sólo entre la población general–, el porcentaje de los que se identifican con opciones conservadoras se desploma. Según una encuesta reciente de Freedom from Religion Foundation sólo el 1% de sus propios miembros se identifican actualmente como republicanos.

Es notoria la falta de “diversidad ideológica” –para decirlo con los que proponen una “Universidad heterodoxa”– en el movimiento ateo y secular. Los "ateos conservadores" son atípicos, y escasean todavía más en el ámbito asociativo.

El propio ateísmo, entendido en sentido más amplio como secularismo moral, sería uno de los factores que explican la falta de diversidad ideológica en las ciencias en general y en las ciencias humanas en particular. Aunque muchos más científicos –naturales o sociales– se declaran “espirituales” que ateos, de acuerdo con la encuesta internacional de Elaine Ecklund, de todos modos sigue siendo verdad que los científicos son mucho más “seculares” que la población general. Cuando sólo se identifica como "conservador" entre el 6 y el 11% de los profesores, en la práctica tenemos una monocultura progresista.

No había entre ellos ninguna necesidad, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad. 
– Hechos de los apóstoles 4-34

No sólo escasean los conservadores entre los ateos y "no creyentes", sino que este tema no recibe mucha atención en las ciencias sociales –quizás precisamente porque las ciencias sociales son mayoritariamente de izquierdas. Paralelamente, no suele asumirse que la infrarrepresentación de los conservadores en las asociaciones seculares sea debida a la discriminación. Esto está en vivo contraste con las explicaciones comunes sobre falta de diversidad "de género" en esas mismas comunidades. Por ejemplo, para Marta Trzebaiotowska: "Si un espacio ateo (real o virtual" se define como masculino por el mero hecho de que los hombres están presentes, una cierta versión de la hegemonía masculina, y por extensión de violencia simbólica, es ejercida sobre aquellos que no encajan en el modelo". La explicación de que hay pocos ateos en el "espacio secular" porque este representa una forma de "hegemonía progresista" que ejerce "violencia simbólica" sobre los ateos conservadores es –digamos– poco frecuente.

Ateísmo y seguridad existencial: el rol del Estado

Quizás los ateos son de izquierdas no porque hayan alcanzado la más alta cota de la razón humana –improbable–, sino porque las creencias fundamentales de la izquierda son un sustituto secular de la religión tradicional. Parece, por ejemplo, que creer en el “progreso científico” (Stravova, O. et al., 2015) desempeña una función similar a la superstición reduciendo la incertidumbre y el stress vital de la gente.

Según Gill y Lundsgaarde (2004) la clave, más que en la psicología, está en la economía nacional: la religiosidad de los países varía básicamente en función de cuánto gastan los estados en “bienestar”: “Históricamente eran las iglesias las que han proporcionado bienestar social. A medida que los gobiernos asumen muchas de muchas de estas funciones de bienestar, los individuos con preferencias hacia los bienes espirituales reducirán sus niveles de participación, debido a que sus deseados bienes pueden ser obtenidos desde fuentes seculares”.

La propuesta de Tomas Rees (2009) va en la misma dirección que une religiosidad e incertidumbre.

Simultáneamente, la religión desempeña un papel en el rechazo ideológico del estado del bienestar (Stegmueller, D., 2011), y por tanto en el rechazo de lo que Taylor llama “creencias fundamentales” de la izquierda. Este resultado es normal si entendemos que religión y estado compiten en la provisión de bienestar y seguridad.

Parafraseando a Chesterton y el librepensador libertario Stefan Molyneaux, cuando los ateos dejan de creer en Dios no empiezan simplemente a creer en cualquier cosa, sino en el Estado... o en el libre mercado.

viernes, 1 de abril de 2016

El idiota inteligente. Sobre el origen cognitivo de la modernidad

Bruce M. Charlton es un psiquiatra evolucionista británico, editor de Medical hypothesis de 2003 a 2010, una revista inicialmente orientada a la publicación de ideas “poco convencionales”, y no revisadas por pares –al menos antes de que Elsevier obligara a rectificar al consejo editorial.

Las ideas de Charlton tienen, en este sentido, una vocación epistémica “exploratoria”, por usar líbremente una distinción reciente de la psicología social (Sakaluk, 2016).

Clever sillies. Why the high IQ lack common sense (“Idiotas inteligentes. Por qué la gente con alto CI no tiene sentido común) (2009) es quizás su obra maestra. En este pequeño ensayo, Charlton utiliza el criterio del psicólogo Satoshi Kanazawa (“Principio de la sabana”), según el cual la inteligencia alta es una adaptación cognitiva para resolver problemas “evolutivamente novedosos”, en contraste con “la resolución de problemas que eran una parte normal de la vida humana en la era ancestral de cazadores y recolectores”, o dicho abreviadamente, el “sentido común”.

La inteligencia alta, para Charlton, no es sólo una capacidad cognitiva, sino también una disposición de la personalidad. Se sabe que la inteligencia está asociada positivamente con un rasgo de personalidad muy importante, la apertura a la experiencia (hay confirmación reciente), y también con cierto tipo de valores, como el “progresismo” o el ateísmo, que asociamos normalmente con la “modernidad”.

El origen de la “modernidad”, y el ensalzamiento de la “izquierda” o el “progreso” como valores hegemónicos tendría por tanto un fundamento piscológico relacionado con este rasgo de personalidad:

La apertura podría ser el resultado de emplear el análisis abstracto en problemas sociales que derivan en resultados inestables e impredecibles. Esto podría explicar por qué la gente más inteligente de las sociedades modernizadas tienden a sostener opiniones de “izquierda” política.

La sociedad “moderna” se caracterizaría por una estratificación intelectual que concentra a la gente más inteligente –y por tanto también a los más "progresistas", menos creyentes y más "abiertos"– en los lugares de poder de la cultura, la administración o la política. Este fenómeno favorecería, simultáneamente, una especie de "carrera armamentística" de ideas novedosas, aparentemente "racionales" y creativas, que además necesitan ser "anunciadas" y "señalizadas" constantemente para escalar en la jerarquía social:

Este tipo de señalización del CI habría llevado a la gente más inteligente de las sociedades modernas a sostener ideas sobre fenómenos sociales que no son simplemente incorrectas, sino sistemáticamente erróneas. Me refiero al fenómeno popularmente conocido como corrección política, en el que las ideas estúpidas y falsas son moralmente afirmadas por la élite intelectual gobernante. Mientras que la idea estereotipada del científico loco en las ciencias duras es la de un brillante científico, pero estúpido en todo lo demás; el científico social loco o el profesor de humanidades no sólo es estúpido “en todo lo demás”, sino que también es estúpido en su campo profesional. 
(...) En las ciencias humanas y sociales existe un incentivo profesional para estar perversamente equivocado. 

El sueño de la inteligencia

Un fenómeno asociado con esta estratificación cognitiva es el distanciamiento secular entre clases sociales. Al ponerse en guerra con el sentido común, las élites de idiotas inteligentes de las sociedades modernizadas también se divorcian progresivamente de las demás clases sociales donde el “sentido común” y las actitudes tradicionales prevalecen. Quizás esta brecha ampliada explica parcialmente algunos fenómenos políticos recientes y desconcertantes. Tras la conocida "polarización ideológica" documentada por sociólogos y politólogos en los últimos años, tendríamos una polarización cognitiva más profunda, más inadvertida y mucho más difícil de tratar, debido a las maniobras de la élite cognitiva para mantener su status y poder separado, y quizás a que –como cree Charlton– la idiotez inteligente sea una disposición biológica “incorregible” en seres humanos. Una vez que alguien cree en "interseccionalidad", "espectro sexual" o en "glaciología feminista" ya es muy difícil dar media vuelta.

viernes, 4 de marzo de 2016

La fracción democratizable de la conducta humana

Se estima que sólo el 15% de los países son hoy gráciles “democracias plenas” –sea lo que esto sea– mientras que el 30% aún son robustos “regímenes autoritarios”. Habitualmente, sin embargo, estas modestas estimaciones se analizan bajo el supuesto optimista racional de que el 100% de los regímenes políticos son democratizables a medida que progrese el cronómetro histórico, según la conocida tesis de Francis Fukuyama.

La democracia como ideología (Bueno, 1997) disfruta de un prestigio sin precedentes y desborda con mucho la idea política de democracia.

Tendríamos incluso un “ethos” democrático según el cual toda conducta humana, no sólo ya los estados, puede democratizarse.

Para el psicólogo del desarrollo Lawrence Kohlberg (1927-1987) la moralidad más avanzada estaría orientada hacia una comprensión de reglas formales de justicia universal “dentro de un orden democrático establecido” (Citado por Paul Cliteur en The moral outlook, Pág. 222). El carácter democrático (grácil) se identificaría incluso con la normalidad psicológica, mientras que el carácter autoritario (robusto), a la manera de Adorno, lo haría con lo patológico. Según el psicólogo Edward J. Shoben (1957), la “personalidad normal” estaría caracterizada nada menos que por “el autocontrol, la responsabilidad personal, la responsabilidad social y el interés social democrático”. Por poner un ejemplo más reciente, los defensores de la llamada “filosofía para niños” fundamentan su pedagogía en la confianza en que “avancemos hacia una forma más democrática de democracia”.


Adorno en la playa

Esta soltura con la que se emplean los psicólogos y los científicos políticos posteriores a la segunda guerra mundial contrasta con el hecho incontestable de que sólo una minúscula fracción de la conducta humana parece ser democratizable. Y esto valdría tanto para el presente, como para el pasado, si tomamos en serio la crítica de Zimmerman a evolucionistas como Morgan, que reivindicaron la “democracia arcaica” de la sociedad primitiva.

La inmensa mayoría de las sociedades humanas funcionales contemporáneas siguen sin ser “democráticas”: las iglesias, los ejércitos, los propios partidos políticos –ley de hierro de las oligarquías de Michel–, las familias, las asociaciones científicas, las empresas, las orquestas sinfónicas... Irónicamente, incluso el ego (Greenwald, 1980) se organizaría según robustos principios autoritarios y “totalitarios”, mucho más que democráticos o asamblearios.

miércoles, 13 de enero de 2016

David Bowie, el iniciado


Por Alexander Dugin 

David Bowie es conocido como músico y actor. Poca gente sabe que es miembro de una organización iniciática que profesa los principios del sendero de la mano izquierda y el Thelema. Por tanto no sorprende que sus canciones, su música y sus proyectos estéticos tengan una dimensión oculta.

Su canción “Absolute Beginners” (Absolutos principiantes) es un ejemplo típico de tal mensaje multinivel, en el que la emoción expresada y la estética psicológica oculta un secreto esotérico nuclear.

Falsificación 

“Principiante absoluto” es una frase que contiene en sí misma una completa contradicción lógica. Lo que es absoluto no tiene “principio”, dado que un absoluto auténtico no tiene principio ni fin, no emerge ni desaparece. Y viceversa: lo que posee un principio no es un absoluto en principio, sino, en cambio, relativo. Este es un aspecto filosófico.

También hay una contradicción a un nivel cotidiano: es muy dudoso el intento de nuestros contemporáneos para “empezar de nuevo”– sus débiles protestas en contra de su propia degeneración, de su envejecimiento, y su cuesta abajo en el trasfondo de una civilización en rápida desintegración, donde nadie ni siquiera intenta oponerse a la entropía. Los niños, al modo de Hesiodo, nacen hoy en templos grises y se dedican a lavar coches y abrir cuentas en el banco desde la cuna misma. Son todos signos del fin de la edad de hierro. ¿Cómo podría haber un “nuevo principio”, y menos uno absoluto en medio de todo esto?

El mismo Bowie, pese a su ingenuidad y talento, apenas puede hacer un intento serio de afirmarse como alternativa. El fascina precisamente por su decadencia, como un pervertido sumergido en narcisismo perturbador, como un desviado, melancólico y avejentado anglosajón, pero de ninguna manera como un héroe o el representante de algo “nuevo”. No tiene nada de “absoluto” o de “principio”, lo suyo es más bien un intoxicado exotismo en descomposición, el aroma de la carne decadente envuelta en gadgets mundialistas.

El Principiante Absoluto (Absolute Beginner) es un concepto que David Bowie tomó prestado del arsenal de profundas doctrinas gnósticos. Inspiró una buena canción y un extraño video musical. 3.

La doctrina de la estrella 

El Principio Absoluto –esto que ni es ni puede ser– es, sin embargo, el eje de lo prohibido, conocimiento heroico transmitido a través de una red secreta. Un tipo especial de voluntad paradójica de algunos iniciados – el mutable Relativo abajo y el inmutable Absoluto arriba– que funda un proyecto fascinante, arriesgando tanto la mente como la vida, a través de una imagen banal y estática de la metafísica.

A esto se le llama “Doctrina de la Estrella”.

Hay algo que atraviesa el dualismo lógico y religioso, el eterno principio, un misterioso Rayo que es “ocultado”, por una parte, y “mostrado”, por otra. En este rayo, todas las grandes proporciones y correspondencias entre las tres palabras pierden su significado. Lo que es arriba y abajo es dado la vuelta, el imposible e increíble Matrimonio del cielo y la tierra tiene lugar, tal como sospechó el genio William Blake.

“Thelemitas” son los seguidores del francés François Rabelais y el inglés Aleister Crowley, y de ellos tomó Bowie el concepto para su canción, siendo él mismo un miembro de la orden telemita OTO cree que “todo hombre y mujer es una estrella”. Una encarnación de la finitud y la relatividad, un obvio perdedor que completa su historia con la vulgaridad del Banco Mundial y de los mercados globales, una burda imitación biológica de una criatura angélica pura, un hombre que lleva una “estrella”; un brillante rayo de hielo, de acuerdo con el otro lado (“Telémico”). Una luz extraña, mareante e imposible rompe el desorden de su pequeña alma de fraile.

Esta es la luz del Principio Absoluto, aquella que no puede ser.

Rayos negros

La tierra se mueve bajo los pies. Los valores y tradiciones han degenerado y han sido profanados de modo tal que no pueden resistir ya los embates del nihilismo. Conservadurismo y progreso son las dos caras del mismo proceso, la degeneración. Todo lo que queda de la historia turbulenta del pasado es hambre, lujuria y la policía. Todos los signos apuntan el hecho de que estamos increíblemente lejos del Principio. Tanto del viejo como del nuevo. Las aspiraciones de la pasión han sido completamente agotadas.

¿Qué quieren decir estos “Thelemitas”, cuyas desconcertantes ideas están lejos del optimismo de la Nueva Era o los retirados Teósofos, cuando dicen que todo el mundo posee la paradójica posibilidad de ser una “estrella” – o “Nuevo Principio”? Por supuesto, no se refieren a una vulgar “transformación”, “Ilustración” o “búsqueda de la verdad”. Sólo hay que echar un vistazo a todos estos “neófitos” de cultos y religiones, sus ojos asustados, sus momentos de estupidez, los gestos extraños en cuerpos que están claramente enfermos por dentro...Están retorciéndose y desapareciendo, en lugar de iniciarse en algo.

El rayo negro de la estrella Telémica se desliza sobre una diferente trayectoria. No puede ser registrada en el exterior y no es comprensible en los términos habituales. Aterroriza y repele deliberadamente, vistiéndose a sí misma (provocativamente) en los ropajes de la antinomia. Abandona rápidamente a quienes desean transformar la inspiración en un sistema. No puede ser institucionalizada. Pero reluce absolutamente en un ritmo eónico contra la voluntad de los ciclos y las misas medievales. Escoge las formas y los cuerpos en que se manifiesta. Es inútil intentar encontrarla. Es indiferente a las “imágenes morales” y los grandes éxitos.

El Principio Absoluto no tiene sexo, edad, profesión ni oficina. Es una navaja de cristal cortando la cortina de un loco racimo de átomos.

La alternativa traicionada 

De hecho, esta es una cuestión central. “No hay futuro” (No future) no es simplemente una tesis ingeniosa de un grotesco movimiento juvenil, que no se ha pasado totalmente de moda. Otra tesis sobre el “Fin de la Historia”, desarrollada por Francis Fukuyama es, de hecho, la misma cosa, sólo que retratada de forma más eufemística. El cansancio es el descubrimiento clave de la Posmodernidad. El triunfo de la simulación es un tipo de gozo poco saludable. Astutos depredadores de mentiras electrónicas violan la realidad de forma tan violenta que terminarán su manipulación social en compañía de máquinas que se han vuelto locas.

En último término, toda la literatura de ciencia-ficción del siglo XIX culminó en la banalidad tecnológica del siglo XX. Podemos esperar lo mismo del siglo XXI. Esto es especialmente cierto si consideramos el hecho de que la mayor parte de los autores de ciencia-ficción (de Julio Verne a H.P. Lovecraft) fueron miembros de poderosas organizaciones esotéricas activamente implicadas en el proyecto de dar a la civilización una nueva apariencia. 

Ninguno de los autores futuristas de ciencia-ficción predijo un “Principio Nuevo”. Su predicciones son inquietantes, y cuanto más se profundiza, más monstruosas parecen. El hombre se precipita en un narcisismo que le rescata de la nada, bajo el manto de fómulas obviamente falsas. Como buitres, los banqueros y los presentadores de TV auspician el colapso. Encantadores de cadáveres. Creer en los mitos televisivos te hace imbécil; pero no creyendo en ellos te arriesgas a perder la cabeza por soledad (porque todo el mundo alrededor cree en ellos). Ninguna estrella a la vista.

El sistema soviético reaccionó de forma fria e idiota ante los intentos desesperados de la “Nueva Izquierda” para desarrollar una alternativa ideológica a la visión del orden burgués a través de la modernización (y revisión) de las doctrinas tradicionales anti-capitalistas. Apparatchiks acomodados siguieron escupiendo hacia los intentos desesperados de los inconformistas para propiciar un proyecto positivo. Habiéndose percatado del inevitable fracaso de las iniciativas soviéticas incluso entonces, la “Nueva Izquierda” se volvió hacia el esoterismo, el gnosticismo y otras disciplinas (poco ortodoxas para la izquierda). La “Nueva Derecha” desarrolló una trayectoria similar, librándose del chovinismo, la xenofobia, y los “mercados libres” de la “Vieja Derecha”, descubriendo por sí mismos los valores de la revolución y el socialismo. “Partitócratas” de estilo soviético (futuros “demócratas” y el nuevo partido Comunista de Rusia) acusaron tanto a la Nueva Derecha como a la Nueva Izquierda de ser “nihilistas”. Pronto, los suculentos cuerpos de estos “partitócratas” se vinieron abajo ellos mismos dentro de una excitante espiral de “reformas” y traición nacional. De nuevo, tal y como ocurre miles de veces en la historia, los nihilistas reales acusaron a aquellos que pretendían superar el nihilismo de ser nihilistas.

Los resultados son tristes. Sin la ayuda de Moscú, los inteligentes y honestos pero débiles “Nuevos” fueron destruidos por el Sistema (Michel Foucault, Gilles Deleuze, Guy Debord –este por suicidio, los demás por muerte natural o por olvido) o bien degeneraron en una “policía del pensamiento” (Henri Bernard Levy, André Glucksmann, Jürgen Habermas y demás bazofia). Despojados del espíritu de rabiosa rebelión, el mismo Moscú cayó en las redes del Gobierno Mundial. Nada de esto posee ningún Principio, ni nada que se le parezca. En el mejor de los casos, los pesimistas culturales esperan que la catástrofe venidera tendrá lugar suavemente, como una eutanasia. ¿Qué tienen todas las publicaciones “democráticas” y “patrióticas” en contra del “hombre unidimensional” de Marcuse? De forma similar a la “gente” del principio del Zaratustra de Friedrich Nietzsche, que busca el “último hombre”, todos los sectores de nuestra sociedad se hubieran conformado con el “hombre unidimensional”, para llevarles a una “coalición de gobierno”.

Gente que fue joven (y hoy pasan del los 30) escucharían canciones de Bowie mientras bebían Heineken.

El fin de una ilusión

No hay alternativa ni un Nuevo Principio. No está ahí fuera (las falsificaciones están en todas partes). No está dentro (el poder del alma se ha enfriado). Y sin embargo, las uvas de la ira se están pudriendo, mientras se tejen redes de conspiración, una conspiración mundial contra el odioso presente.

Es esta una conspiración de la Estrella. A cualquier edad, en cualquier lugar, en cualquier condición, en cualquier situación, en cualquier posición “todos los hombres y todas las mujeres” pueden empezar, quizás descubrir el Principio Absoluto, atravesarse por el rayo negro que no cesa, pasando a través de ciclos y edades en contra de toda lógica, de toda predisposición externa, y de todo sistema causal. Cualquier impulso vital, toda necesidad pasional, cualquier estado de urgencia puede venirse súbitamente abajo si se hace excesivo, inabarcable y con un significado incomprensible. La codicia y la generosidad, el ascetismo y el libertinaje, los celos y la lealtad, la ira y la ternura, la enfermedad y la saciedad pueden convertirse en el Principio Absoluto, el coro atronador y terrible de una Nueva Revolución, una e indivisible, a Izquierda y Derecha, externa e interna.

Lo que no podemos permitirnos es que ocurra un nuevo declive antes de alcanzar esta cima. La intensidad debe continuar incrementándose, una culminación debe ser seguida por otra, más grande. El sobrecalentamiento del individualismo debe pegar fuego a todo el mundo exterior con la llama de la rebelión, el tipo de rebelión que (según Jean-Paul Sartre) es el único poder que salva al hombre de la soledad.

El Principio Absoluto no depende de la objetividad; no posee un concepto de lo “primero” o “lo último”, “aquí” o “allí”. Incluso es mejor si “no tiene mucho que ofrecer, ni mucho que dar”... El fin del ciclo es, en último término, el fin de una ilusión, de acuerdo con René Guénon. La canción de Bowie acompaña el Libro de la Ley, la amargura de la absentia, que Crowley consideraba la única substancia iniciática entre las bebidas alcohólicas (la “diosa verde”), un Coma erótico inesperado, el bello y enfermizo fanatismo de una célula política, una sombra que cae y que se parece accidentalmente a una cruz céltica...

El Principio Absoluto al alcance de un brazo (izquierdo).

Publicado en Radix Journal (Fuente original en ruso).